En una tarde fría de otoño, al final de la alameda, había un trozo de terreno que no se sabía muy bien si correspondía al ayuntamiento o a un particular. El caso es que fuera de quien fuese se hallaba desatendido porque los jardineros municipales solo llegaban hasta el último álamo de los doscientos doce que componían la larga alameda.

Fue en ese trozo de terreno inhóspito y abandonado, aquel crepúsculo frío de otoño, cuando él, tras haberla escuchado impertérrito que ya no lo quería, la golpeó hasta arrancarle la vida de cuajo. Quizás esperaba que a cada golpe ella lo amara un poco más. O quizás la ira por verse abandonado le sacó de sus casillas. O sencillamente él había sido siempre así de violento.

La dejó tirada en el terruño seco como un títere sin dueño, con una mueca extraña, la mirada vacía, un por favor en la boca y el corazón parado.

La miró aparentemente impasible pero tras volver a casa, lavarse las manos a conciencia y coger el arma, volvió al lugar a pegarse un tiro tres metros más allá de dónde había dejado sin vida al amor de su vida.

El pueblo entero volcó su repulsa en forma de flores; así que el sector polvoriento y desamparado donde había sido asesinada la muchacha se convirtió por unos días en un jardín florido de notas de apoyo, velas prendidas y ramos.

Uno de esos ramos era de flores blancas y gigantes de baobabs que un viajero que acababa de llegar de una isla perdida de África le había traído de regalo a su esposa. Ella, afectada, lo dejó en el espacio donde la víctima había fallecido.

Mientras el resto de flores perdía su esplendor inicial, una de las flores de baobab maduró hasta convertirse en un fruto verde del tamaño de un mango. El viento dispersó el resto de pétalos secflor baobabos. El fruto del baobab se volvió marrón, se abrió bajo el sol y dejó a la intemperie sus semillas blancas, rugosas, como piedras sin peso. Todas las semillas murieron excepto una que cayó a la tierra y germinó con cautela.

Ese otoño llovió mucho e, incomprensiblemente, el tallo de un árbol extraño, retorcido y delgado, creció contrahecho, como si sufriera por dentro. Todos los paseantes que llegaban al final de la alameda se detenían a observar con tristeza aquel peculiar tronco  encrespado, de figura repulsiva, que se parecía cada vez más a un cadáver contorsionado. Ese árbol era muy diferente a los altos y robustos álamos centenarios y todos recordaban que ese trozo de terreno sin dueño había sido regado con los últimos suspiros de una víctima inocente de la barbarie y del amor mal entendido.

En la primavera, el triste baobab, bañado por el sol y el interés de los vecinos, fue engordando y tomando unas formas sinuosas, muy diferentes al retorcimiento agonizante del principio. De cara al verano, el tierno baobab siguió creciendo y pasó a ser un tronco voluminoso que, con el paso de los meses y ante el asombro de los paseantes, fue tomando formas de mujer de anchas caderas y abundantes pechos.

A finales del verano el original árbol, que en tan solo unos meses había conseguido una consistencia y una altura considerables, se secó para tristeza de los habitantes del pueblo que lo miraban con melancolía.

En otoño, cuando se cumplía un año de la muerte de la muchacha a manos de su cobarde pareja, el tronco seco del baobab se resquebrajó, se abrió y de él surgió una mujer de carne tierna y blanca. A pesar de su desnudez caminaba altiva y segura, y en sus ojos brillaba la determinación, la fortaleza y el perdón.

De las ramas del baobab del que había surgido arrancó un fruto colgante, ya seco; lo abrió con delicadeza con sus dedos vírgenes y extrajo una semilla clara. Se dirigió unos metros más allá, en el terreno baldío en el que se suicidó el asesino. Excavó con sus manos limpias un agujero profundo en el terreno, depositó la semilla en él y la arropó con varios puñados de tierra.

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