CRUDOS, SUCIOS, SANGRIENTOS  es un libro de relatos descarados, impactantes, atrevidos, ingeniosos, terroríficos… escritos por dos locos sin morigeración alguna: Cristina Selva y Antonio Marcelo Beltrán.

En este libro encontrarás alienígenas, vampiros, asesinos, locos, sicarios, psicópatas, fantasmas… personajes muy poco recomendables; además de sucesos paranormales y para anormales. Crimen, sexo, miedo, violencia, vísceras y sangre. ¿Realmente te apetece?

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Aquí te dejo algunos pequeños fragmentos de varios cuentos para saber si te animas a leerlo o, por el contrario, sales corriendo:

De “La autopsia de la araña”

De camino llamó a Andechaga, un agente experto, cerca ya de jubilarse, que seguía haciendo calle porque decía que si lo metían en una oficina lo mataban.

–A la orden mi teniente. Esto tiene que verlo, joder, esto no es de por aquí. Es lo más raro que me he encontrado en las cuatro décadas de profesión que llevo a mis espaldas.

–Pero algo me podrás decir, Andechaga, por tu puta madre, ¿es un cadáver de qué?

–Esa es la historia mi teniente, que no tenemos claro de qué.

–¿Estado de descomposición?

–Por el olor que desprende diría que está medio podrido, pero de aspecto parece recién muerto. Tiene la piel marrón, muy gruesa, como el cuero. Es como un mono gigante, hinchado y pelado.


De: “La infame no-vida del decapitador

…los brazos musculosos de los decapitadores habrían subido y bajado sin cesar durante días y más días, asestando un tajo tras otro hasta estar a punto de morir ellos mismos ahogados entre los charcos de sangre que formaban auténticas lagunas a los pies del patíbulo; lagos viscosos en las que flotarían las cabezas cercenadas de sus víctimas, mirándoles con ojos inocentes en los que se habría leído toda la pena, el asco y la vergüenza de la Humanidad.


De “La boca del infierno

Un niño, cachorro, enano o lo fuera, dejó el cuerpo de Gerardo el tendero y se dirigió a él con sus ojos rojos vacíos de mirada, emitía gruñidos de delectación y olfateaba el aire. Bonifacio empuñó su hacha dispuesto a sacarle las entrañas a ese maldito hijo de Satanás, aunque fuera lo último que hiciera, pero la criatura fue tan rápida y tan violenta que cuando se dio cuenta ya notaba la sangre de su cuello siendo sorbida con avaricia por el cachorro. La conciencia se le iba y lo único que atinó a pensar fue que no era nada elegante morir apestando a mierda. Su brazo se movió por el instinto y el hacha entró varias veces en la carne y el cráneo de aquella pequeña bestia derramando sobre él un líquido viscoso y maloliente como la sangre podrida.

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